Les dejamos una nota donde se interroga sobre las características, continuidades y rupturas de una posible nueva literatura rosarina, publicada el último sábado en el suplemento Señales del diario La Capital.
-¿Hay una nueva literatura de Rosario? ¿Qué características tendría? ¿Qué libros o autores la representarían?
La categoría generación literaria o nueva literatura es siempre una arbitrariedad controversial que interesa, en nuestra opinión, cuando opera como estrategia para otorgar visibilidad a un conjunto de escritores y, fundamentalmente, discutirlos como parte de un proyecto literario que los excede (o contiene). Nuestra revista, por ejemplo, durante el primer año introdujo un criterio cronológico (y, por ende, generacional) y arbitrario (autores sub 35) con el que, en parte, pretendíamos activar esos resortes. Dimos con autores interesantes, sí, pero la consolidación de un espacio generacional requiere de la asistencia de otros actores y, en este sentido, el límite en Rosario parece ser siempre el de su realidad editorial, al punto de que en muchos de los casos podemos citar autores pero difícilmente libros asociados a ellos; autores con una obra atomizada entre múltiples circuitos de circulación alternativos (eSe es eso, por caso, no más).
Sin el andamiaje de un circuito editorial más amplio, la circulación resulta siempre periférica. La industria contribuye a esta problemática aportando un centro, pero en Rosario ese centro no existe o es extremadamente pequeño: no gravita. La ciudad es pura periferia: un contorno que prácticamente nos incluye a todos y que orbita en torno a un centro que no existe. La nueva narrativa argentina (que es, en rigor, la nueva narrativa del área metropolitana de Buenos Aires y los primeros anillos del Conurbano) propuso esa tensión a partir de sus diferentes antologías: delineó un centro relativamente poblado y, a partir de ahí, naturalmente, se edificó una periferia contra o con el centro (luego eso acaba siendo lo menos importante). Ahora bien, si al cabo de todo efectivamente existe una nueva literatura en la ciudad, quizá sus tópicos, sus filias y sus fobias, se inscriben, en líneas generales, dentro de los lineamientos que siguen otras literaturas, dentro del país y fuera de él.
La pregunta perturbadora, sin embargo, es otra: ¿qué es un autor rosarino? Porque allí, cuanto menos, hay una tensión: la literatura que se asume local producto de la autoreferencialidad que alimenta, pero también los escritores rosarinos que prescinden de la ciudad o la relegan entre sus prioridades literarias. Las dos pueden ser perfectamente universales pero son rosarinas de un modo distinto y esa distancia plantea al menos un asunto en el que reparar.
-¿Qué continuidades y qué rupturas podrían señalarse entre los jóvenes escritores de Rosario y los escritores de generaciones anteriores?
Esta pregunta se contesta en parte con la anterior. Establecer una genealogía de la literatura rosarina, con sus afinidades y sus conflictos, es de por sí problemático. Probablemente daría inicio a un debate largo y necesario.
El hecho de que Rosario no sea una ciudad gravitante o con proyección dentro del panorama literario actual o pasado de la Argentina, mucho menos en el resto de Latinoamérica o del mundo, está en la base de esa problemática, ya que afecta la visibilidad de su producción y la posibilidad de dialogar o batallar con otras literaturas.
También habría que señalar la evidente división entre verso y prosa. Sin embargo, así como el verso goza de cierta presencia gracias al Festival Internacional, comparte muchos de los problemas básicos que enfrenta la prosa. El mayor de estos podría deberse a que, hasta el momento, a pesar de ser una ciudad importante desde el punto de vista comercial y con mucho potencial artístico, no se ha instalado en la ciudad al menos una editorial con un proyecto sostenido y ambicioso (es decir, con mayor difusión local y alcance fuera de la ciudad), que sobre todo produzca un catálogo fuerte y sopesado cuya sola existencia pueda retener a los escritores más sólidos y obligar a los menos sólidos a mejorar su producción. Caso contrario la literatura de la ciudad, de querer llegar a un público más vasto y exigente, obliga a sus autores a publicar por fuera de ella, o volverse un producto marginal con poca incidencia más allá de un pequeño grupo de seguidores, que en su mayoría tienen alguna relación personal, incluso íntima, con los autores. Esta sería, a la vez, la mayor continuidad y ruptura que enfrentan las letras locales: salir del ámbito familiar cerrado en el que se encuentra para combatir la endogamia y abrir el juego a una literatura emancipada, exigente y con plenos derechos.